—Pues no sé.
—Pues yo sí sé.
—Estaba tomando el fresco.
—Usted sí que es fresca.
—La fresca será usted, señora.
—Cierre usted el balcón. Usted se figura que mi casa es lo que no es.
—Yo ¿qué he hecho?
—No tengo necesidad de decírselo. Para eso, enfrente, enfrente.
—Quiere decir que en casa de la Isabelona—pensó la Petra.
Se oyó cerrar el balcón de golpe; sonaron pasos en el corredor, seguidos de un portazo. La patrona continuó rezongando durante largo tiempo; luego hubo un murmullo de conversación tenida en voz baja. Después no se oyó mas que el chirriar persistente del grillo de la vecindad, que siguió rascando en su desagradable instrumento con la constancia de un aprendiz de violinista.