—Quería yo preguntarle—interrumpió Roberto—si por haber vivido en el mesón del Cuco conocía usted a una tal Rosita Buenavida, volatinera.
—¡Rosita Buenavida! ¿Dice usted que esa mujer se llamaba Rosita Buenavida?... No, no recuerdo... Tuve en mi compañía una Rosita, pero no se llamaba Buenavida; mejor se hubiera llamado Mala vida y costumbres.
—Quizá varió de apellido—dijo Roberto impacientado—. ¿Qué edad tenía la Rosita que conoció usted?
—Pues le diré a usted; yo fuí a París el sesenta y ocho, contratado al circo de la Emperatriz. Yo era entonces contorsionista, y en los carteles me llamaban el Hombre-Boa; luego me hice malabarista, y adopté el nombre de don Alonso. Alonso es mi nombre. A los cuatro meses, Pérez y yo, Pérez ha sido el gimnasta más grande del mundo, fuimos a América, y dos o tres años después conocía a Rosita, que entonces tendría veinticinco o treinta.
—De manera que la Rosita que usted dice tendría ahora sesenta y tantos—dijo Roberto—; la que yo busco tendrá a lo más treinta.
—Entonces no es ella. ¡Caramba, cuánto lo siento!—murmuró don Alonso, agarrando el vaso de café con leche y llevándoselo a los labios, como si tuviera miedo de que se lo fuesen a quitar—. ¡Y qué bonita era aquella chiquilla! Tenía unos ojos verdes como los de un gato. Una monada, una verdadera monada.
Roberto había quedado pensativo; don Alonso prosiguió hablando, dirigiéndose a Manuel:
—No hay vida como la del artista de circo—exclamó—. No sé la profesión de ustedes, y no quiero rebajarla; pero donde esté el arte... ¡Aquel París, aquel circo de la Emperatriz, no los olvidaré nunca! Verdad es que Pérez y yo tuvimos suerte: hicimos furor allá, y no digo nada lo que eso supone. ¡Oh! Era una cosa... Una noche, después de trabajar, se encontraba uno con un recado: «Se le espera en el café tal». Iba uno allá y se encontraba uno con una mujer de la jai laif, una mujer caprichosa, que convidaba a cenar... y a todo lo demás. Pero vinieron otros gimnastas al circo de la Emperatriz; nosotros dejamos de ser novedad, y el empresario, un yanqui que tenía una porción de compañías, nos dijo a Pérez y a mí si queríamos ir a Cuba. Alante—dije yo—, Ol rait.
—¿Ha estado usted en Cuba?—preguntó Roberto, saliendo de su abstracción.
—¡He estado en tantos sitios!—contestó, con aire de superioridad, el antiguo Hombre-Boa—. Nos embarcamos en el Abre—siguió diciendo don Alonso—en un barco que se llamaba la Navarr, y estuvimos en La Habana durante unos ocho meses; trabajando allí, nos salió un negocio de una lotería, y Pérez y yo ganamos veinte mil pesos oro.