El hombre se sentó. Tenía un aspecto cómico, mezcla de humildad, de fanfarronería y de jactancia triste. Miró el plato que acababa de dejar Roberto, en donde quedaba todavía un trozo de carne asada.
—Perdón—le dijo a Roberto—. ¿Usted no piensa concluir este trozo? ¿No? Entonces... con su permiso—y cogió el plato, el tenedor y el cuchillo.
—Le traerán a usted otro bisteck—dijo Roberto.
—No, no. Si es un capricho; me ha parecido que esta carne debía estar buena. ¿Me quieres dar un pedazo de pan?—añadió, dirigiéndose a Manuel—.Gracias, joven, muchas gracias.
Tragó el hombre la carne y el pan en un momento.
—¿Qué? ¿Queda un poco de vino?—preguntó, sonriendo.
—Sí—contestó Manuel, vaciando la botella en la copa.
—Ol rait—dijo el hombre al bebería—. ¡Señores! A su disposición. Creo que querían preguntarme algo.
—Sí.
—Pues a su disposición. Me llamo Alonso de Guzmán Calderón y Téllez. Aquí donde me ven ustedes, he sido director de un circo en América, he viajado por todas las tierras y todos los mares del mundo; ahora estoy sufriendo un temporal deshecho; por las noches ando de café en café con este fonógrafo, y por la mañana llevo un juego de esos de martingala, que consiste en una torre Infiel con un espiral. Por debajo de la torre hay un cañón con resorte que lanza una bola de hueso por la espiral arriba, y cae luego en un tablero lleno de agujeros y de colores. Esa es mi vida. ¡Yo! ¡El director de un circo ecuestre! He venido a parar en esto, en ayudante del Tabuenca. ¡Qué cosas se ven en el mundo!