Permanecieron los dos silenciosos largo tiempo, cuando entró en el café un hombre alto, flaco, de pelo entrecano y bigote gris.
—¿Será este el Titiri, ese don Alonso?—preguntó Roberto.
—Quizá.
El hombre flaco pasó por delante de todas las mesas, mostrando una cajita, y diciendo: «Novedé, novedé».
Iba a salir cuando le llamó Roberto.
—¿Usted vive en el mesón del Cuco?—le preguntó.
—Sí, señor.
—¿Es usted don Alonso?
—Para servirle.
—Pues le estábamos esperando. Siéntese usted; tomará usted café con nosotros.