—Calla, calla—le contestó el arriero—, que está todo arreglado.

—¡Hala, vamos!—dijo Manuel a Roberto.

Los dos salieron de la posada y echaron a andar de prisa. Entraron en el café de San Millán. Roberto pidió de cenar. Manuel conocía al Tabuenca de verle por las rondas, y explicó a Roberto la clase de tipo que era mientras cenaban.

El Tabuenca vivía de una porción de artificios construídos por él. Cuando notaba que el público se cansaba de una cosa, sacaba otra al mercado, y así iba tirando. Uno de estos artificios era una rueda de barquillero, que daba vueltas por un círculo de clavos, entre los cuales había escritos números y pintados colores. Esta rueda la llevaba su dueño en una caja de cartón, que tenía dos tapas, divididas en cuadritos con números y colores, donde se apuntaba, y que correspondían a los números puestos alrededor de los clavos. Solía llevar el Tabuenca en una mano la caja cerrada y en la otra una mesita de tijera. Colocaba sus trastos en el rincón de una calle, hacía girar la rueda y, con una voz gangosa, murmuraba:

—¡Ande la reolina! Hagan juego, señores... Hagan juego. Número o color... número o color... hagan juego.

Cuando había ya bastantes puestas, lo que era frecuente, daba el Tabuenca a la rueda del barquillero, diciendo al mismo tiempo su frase: «¡Ande la reolina!» Saltaba la ballena en los clavos, y antes que se detuviera, ya sabía el hombre el número y el color que ganaban, y decía: «El siete encarnado», o «el cinco azul», y siempre acertaba...

Mientras Manuel hablaba, Roberto parecía pensativo.

—¿Ves?—dijo de pronto—estas dilaciones son las que aburren; se tiene un caudal de voluntad en billetes, en onzas, en grandes unidades, y se necesita la energía en céntimos, en perros chicos. Lo mismo sucede con la inteligencia; por eso fracasan muchos ambiciosos, inteligentes y enérgicos. Les falta las fracciones, les falta también, en general, el talento para disimular sus fuerzas. Poder ser estúpido en algunas ocasiones, sería más útil probablemente que poder ser discreto en otras tantas.

Manuel, que no comprendía el motivo de aquel chaparrón de frases, se quedó mirando atónito a Roberto, quien volvió a sumirse en sus cavilaciones.