El gobernador estaba celoso, y la verdad es que la Rosita le quería al secretario. Yo no he visto en mi vida un dolor tan grande como el de aquella mujer cuando encontró a su amante muerto. Lloraba y se arrastraba dando unos lamentos que partían el alma. Napoleó lloró también.
Enterramos al secretario, y a los cuatro o cinco días del entierro nos comunicó el jefe de policía de la isla que la escuela no podía estar más tiempo haciendo de circo, y que nos fuéramos. Obedecimos la orden, porque no había más remedio, y durante un par de años estuvimos andando por pueblos del centro de América del Yucatán y de Méjico, hasta que en Tampico se deshizo la compañía. Como allá no había medio de trabajar, Pérez y yo nos embarcamos para Nueva Orleáns.
—Hermoso pueblo, ¿eh?—dijo Roberto.
—Hermoso ¿Ha estado usted allí?
—Sí.
—Hombre, ¡cuánto me alegro!
—Qué río, ¿eh?
—¡Un mar! Pues voy a mi historia. La primera vez que trabajamos en la ciudad, señores, ¡qué éxito! El circo era más alto que una iglesia; yo le dije al carpintero: «—Pon el trapecio nuestro lo más alto posible»; y después de hacer esta recomendación me fuí a comer.
En nuestra ausencia llegó al circo el empresario y preguntó: «—¿Es que los gimnastas españoles quieren trabajar a esa altura?» «—Eso han dicho»—le contestó el carpintero. «—Que les avisen que no quiero ser responsable de una barbaridad semejante».
Estábamos Pérez y yo en el hotel, y nos dan el recado de que fuéramos en seguida al circo. «—¿Qué pasará?»—me preguntó mi compañero. «—Ya verás—le dije yo—cómo nos van a exigir que bajemos el trapecio».