Efectivamente; vamos Pérez y yo al circo, y le vemos al empresario. Era eso lo que quería. «—Nada—le dije—aunque venga el mismísimo presidente de la República de los Estados Unidos con su señora madre, no bajo el trapecio ni una pulgada». «—Pues se le obligará a usted». «—Lo veremos.» Llamó el empresario a uno de policía; le enseñé yo a éste el contrato, y me dió la razón: me dijo que mi compañero y yo teníamos el perfecto derecho de rompernos la cabeza...
—¡Qué país!—murmuró irónicamente Roberto.
—Tiene usted razón—dijo en serio don Alonso—. ¡Qué país! ¡Eso es adelanto!
Por la noche, en el circo, antes de debutar, estábamos Pérez y yo oyendo los comentarios del público. «—Pero esos españoles, ¿van a trabajar a esa altura?»—se preguntaba la gente. «—Se van a matar». Nosotros tan tranquilos, sonriendo.
Ibamos a salir a la pista, cuando se nos acerca un señor de sotabarba marinera, sombrero de copa de alas planas y carrick, y gangueando mucho, nos dice que nos podía suceder una desgracia trabajando tan alto, y que, si queríamos, podíamos asegurar la vida, para lo cual no había mas que firmar unos papeles que llevaba en la mano. ¡Cristo! Me quedé muerto; sentí ganas de estrangular al tío aquel.
Temblando y haciendo de tripas corazón salimos Pérez y yo a la pista. Tuvimos que darnos colorete. Llevábamos un traje azul cuajado de estrellas plateadas; una alusión a la bandera del Unichs Steis; saludamos, y arriba por la cuerda.
Al principio, yo creí que me caía; se me iba la cabeza, me zumbaban los oídos; pero con los primeros aplausos se me olvidó todo, y Pérez y yo hicimos los ejercicios más difíciles con una precisión admirable. El publicó aplaudía a rabiar. ¡Qué tiempos!
Y el viejo gimnasta sonrió; luego hizo una mueca de amargura; se le humedecieron los ojos; parpadeó para absorber una lágrima, que escapó al fin y corrió por la mejilla terrosa.
—Soy un tonto; no lo puedo remediar—murmuró don Alonso para explicar su debilidad.
—¿Y siguieron ustedes en Nueva Orleáns?—preguntó Roberto.