—Allí—contestó don Alonso—nos contrató a Pérez y a mí una gran empresa de circos de Niu Yoc, que tenía veinte o treinta compañías andando por toda América. Ibamos en un tren especial todos los gimnastas, bailarinas, equiyeres, acróbatas, pantomimistas, clauns, contorsionistas, Hércules... La mayoría eran italianos y franceses.

—Habría mujeres guapas, ¿eh?—dijo Manuel.

—¡Uf..., así...—contestó don Alonso uniendo sus dedos—. ¡Mujeres con unos músculos!... Era una vida como no hay otra—añadió volviendo a su tema melancólico—. Se tenía dinero, mujeres, trajes... y, sobre todo, la gloria, el aplauso...

Y el gimnasta quedó entusiasmado, mirando fijamente a un punto.

Roberto y Manuel le contemplaban con curiosidad.

—Y a la Rosita, ¿no la volvió usted a ver más?—preguntó Roberto.

—No; me dijeron que se había divorciado de Napoleó para casarse de nuevo en Beustón con un millonario del Oeste. Las mujeres... ¿Quién se fía de ellas?... Pero, señores, son las once. Perdonen ustedes; me tengo que marchar. ¡Muchas gracias! ¡Muchísimas gracias!—murmuró don Alonso apretando con efusión la mano de Roberto y la de Manuel—. Ya nos veremos otra vez ¿verdad?

—Sí; nos veremos—contestó Roberto.

Don Alonso cogió su fonógrafo en la mano y pasó por entre las mesas repitiendo su frase: ¡Novedé! ¡Novedé! Luego, después de saludar nuevamente a Roberto y a Manuel, desapareció.