—¿Y ésta?

La Tarugo.

La Tarugo, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo.

Se acercó el mozo a la mesa.

—Tráenos cuatro medias de aguardiente—dijo la Chivato—, porque éste beberá—añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo—. ¡Tú, chaval!

—¡Eh!—exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde estaba—. ¿Qué quiere usted?

La Chivato se echó a reír.

—¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de esta tarde?

—He venido en la...—y Manuel soltó un rosario de barbaridades.