Luego, de muy malhumor, se puso a mirar a todos lados, haciendo esfuerzos para no dormirse.

En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino.

—Ya no hay artistas—decía el chalán—; antes venía uno aquí a ver al Pinto, al Canito, a los Feos, a las Macarronas... Ahora, ¿qué? Ahora, na; pollos en vinagre.

—Me parece—decía muy serio el bizco.

—Ese es el tocaor—dijo, señalando a este último la Chivato.

No pararon mucho tiempo las dos cantaoras en la mesa de Leandro y Manuel. El bizco estaba ya en el tablado; empezó a puntear la guitarra, se sentaron seis mujeres en fila y comenzaron a palmotear rítmicamente; la Tarugo se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado, luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el cantaor comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía entonces más que el castañeteo de los dedos de la Tarugo y los golpes de sus tacones, que llevaban el contrapunto.

Cuando concluyó la cantaora malagueña, se levantó un gitano de piel achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó con movimientos de caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas.

—Eso es trabajar—dijo el chalán.

—Mira, yo me voy—murmuró Manuel.

—Espera; vamos a tomar otra copa.