—No; me marcho.

-Bueno; vámonos. ¡Es lástima!

En aquel momento un cantaor gordo, con una cerviz poderosa, y el guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre las cuerdas para detener el sonido, el otro, con la cara inyectada, las venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta la frente.

CAPÍTULO VIII

Las vacilaciones de Leandro.—En la taberna de la «Blasa».—El de las tres cartas.—Lucha con El «Valencia».

Algunas noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la cama y suspiraba con unos suspiros tan profundos como los mugidos de un toro.

—Las cosas le van mal—pensaba Manuel.

La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El Lechuguino, en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha, convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros.

Un día, al anochecer, los vió Manuel a los dos, calle de Embajadores abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en el mantón; el la hablaba y ella se reía.

—¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa?—preguntó Manuel—. No, pues yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle la noticia.