—Y si estuviera su abuelo lo mismo—exclamó Leandro, riéndose de un modo salvaje—. Anda, vámonos, tú—añadió dirigiéndose a Manuel—. Ya está uno harto de estas zorras.
Salieron los dos de la galería, y después del Corralón.
—Pero, ¿qué ha pasado?—preguntó Manuel.
—Nada, que esto se ha concluído—contestó Leandro—. La he dicho de buena manera: Oye, Milagros, ¿es verdad que te vas a casar con el Lechuguino? «Sí, es verdad, ¿te importa algo?» «Sí, la he contestado, porque ya sabes que yo te quiero. ¿Es porque es más rico que yo?» «Aunque fuera más pobre que una rata me casaba con él». «¡Bah!» «¿Es que no lo crees?» «Bueno». Al último me ha indignado, y la he dicho que me daba lo mismo que se casara con un perro, y que era una tía zorra indecente... Luego la madre ha salido a insultarme... Esto ya se ha concluído. Mejor. Los cosas claras. ¿Adónde vamos? ¿Vamos otra vez a las Injurias?
—¿Para qué?
—A ver si ese Valencia se sigue poniendo moños conmigo.
Cruzaron la vía de circunvalación. Leandro, dando zancadas, se plantó en un momento en las Injurias. Manuel apenas podía seguirle.
Entraron en la taberna de la Blasa; los mismos hombres de la noche anterior jugaban al cané cerca de la estufa. De las mujeres, sólo estaban la Paloma y la Muerte. Esta, completamente borracha, dormía sobre la mesa. La luz daba en su cara erisipelatosa y llena de costras; de la boca entreabierta, de labios hinchados, le fluía la saliva; la melena estoposa, gris, sucia y enmarañada le salía en mechones por debajo del pañuelo negro, verdoso y lleno de caspa; a pesar de los gritos y riñas de los jugadores, no pestañeaba; sólo de cuando en cuando lanzaba un ronquido prolongado, que, al comenzar, era sibilante, y que terminaba con un estertor ronco. A su lado la Paloma, acurrucada en el sucio al lado del Valencia, tenía un niño de tres o cuatro años en los brazos, un chiquillo delgaducho y pálido, que parpadeaba sin cesar, a quien daba a beber una copa de aguardiente.
Por delante del mostrador un hombre alto y flaco, con una gorrilla con un número dorado en la cabeza y una blusa azul, se paseaba melancólico; los brazos, a lo largo del cuerpo, como si no fueran suyos; las piernas, dobladas. Echaba un sorbo de una copa cuando se le ocurría; se limpiaba los labios con el dorso de la mano, y volvía a pasearse con indolencia. Era hermano de la mujer de la taberna.