—Yo creo que no—contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos.
—Pues cuando un hombre tiene riñones lo hace con derecho o sin él.
—Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con ella? Habéis reñido, y nada más.
—Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo—murmuró Leandro.
Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió, bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería.
Iba a salir Manuel después de cenar, cuando oyó que Leandro le llamaba repetidas veces.
—¿Qué quieres?
—Anda, vamos.
Manuel salió al balcón corrido; la Milagros y su madre, desde la puerta de su casa, insultaban a Leandro violentamente.
—¡Golfo! ¡Granuja!—decía la mujer del corrector—. Si estuviera aquí su padre no hablarías de ese modo.