El Pastiri aquella noche estaba repleto de alcohol y completamente afónico.

Manuel, que había bebido algo de más, sintió el principio del mareo, pensó en el modo de huir disimuladamente; pero, cuando se decidió, el hermano de la tabernera cerraba la puerta de la taberna.

Antes de que concluyese de hacerlo entró, por la media puerta que aun quedaba abierta, un hombre bajito, afeitado, vestido de negro, con una boina de visera, el pelo rizado y un aspecto de andrógino repugnante. Saludó afectuosamente a Leandro. Era un cordonero de la casa del tío Rilo, de fama sospechosa, a quien llamaban el Besuguito, por su cara de pez, y por mal mote, la Tragabatallones.

Bebió el cordonero un sorbo de una copa, de pie, y se puso a hablar con una voz gruesa, pero de mujer, una voz untuosa, desagradable, recalcando sus palabras con una porción de aspavientos y dengues.

No atajaba nadie su verbosidad. El mejor día—dijo—iban a quedar enterrados todos los que vivían en las Injurias, entre los escombros de la Fábrica del Gas.

Pa mí—añadió—que se debía terraplenar toda esta hondonada; en parte yo lo sentiría, porque tengo buenas amistades en este barrio.

—¡Ay!... Zape—dijo uno de los jugadores

—Sí, lo sentiría—siguió diciendo el Besuguito, sin hacer caso de la interrupción—; pero la verdad es que poco se iba a perder, porque, como dice Angelillo, el sereno del barrio, aquí no viven mas que los de la busca, randas y prostitutas.

—¡Cállate tú, sarasa! ¡Tragabatallones!—gritó la tabernera—; este barrio es tan bueno como el tuyo.

—Y en eso no dejas de tener razón—replicó el Besuguito—; porque mira que el Portillo de Embajadores y las Peñuelas hay que verlos. Na, allí el sereno no ha conseguido que se cierren las puertas de noche. El las cierra, y las abren los vecinos. Porque como todos son de la busca... A mí me dan cada susto...