Se celebró entre algazara el susto del Besuguito, que siguió impertérrito con su charla insubstancial y redicha, adornada de consideraciones y recovecos. Manuel apoyó un brazo encima de la mesa, y con una mejilla sobre él quedó dormido.

—Pero tú, ¿por qué no bebes, Pastiri?—preguntó Leandro—. ¿Es que me desairas? ¿A mí?

—No, hombre; es que ya no puede pasar—contestó el de las tres cartas, con su voz desgarrada, llevando la mano abierta a la garganta. Luego, con una voz que parecía venir de un órgano roto, gritó:

¡Paloma!

—¿Quién llama a esta mujer?—contestó inmediatamente el Valencia, levantando la mirada por entre el grupo de jugadores.

—Yo—contestó el Pastiri—. Que venga la Paloma.

—¡Ah!... ¿Eres tú? Pues no pue ser—replicó el Valencia.

—He dicho que venga la Paloma—repuso el Pastiri, sin mirar al matón.

Este pareció no oír la frase. El de las tres cartas se levantó molestado por la descortesía, y dando en la manga al Valencia con el revés de la mano, repitió su frase, recalcando palabra por palabra: