—He dicho que venga la Paloma, que esos amigos quien hablar con esa señora.

—Pues yo te digo que no pue ser—contestó el otro.

—Es que esos cabayeros quien hablar con eya.

—Bueno... pues que me pidan a mí permiso.

El Pastiri acercó su cara a la del matón, y mirándole a los ojos, gritó:

—¿Sabes, Valencia, que te estás poniendo más patoso que Dios?

—¡Mentira!—replicó el aludido, continuando tranquilamente su juego.

—¿Sabes que te voy a dar dos trompás?

—¡Mentira!

El Pastiri se retiró un poco, con la torpeza de un borracho, y comenzó a buscar la navaja en el bolsillo interior de su chaqueta, entre las risas burlonas de todos. Entonces, de pronto, con una decisión repentina, Leandro se levantó con la cara inyectada de sangre, agarró al Valencia por las solapas de la chaqueta, y lo zarandeó y le golpeó contra la pared rudamente.