Todos los jugadores se interpusieron: cayó la mesa y se armó un estrépito infernal de gritos y vociferaciones. Manuel se despertó despavorido. Se encontró en medio de una trapatiesta horrorosa; la mayoría de los jugadores, con el hermano de la tabernera a la cabeza, quería echar fuera a Leandro; pero éste apoyado en el mostrador, recibía a patadas a todo el que se le acercaba.

—Dejadnos solos—gritaba el Valencia con los labios llenos de saliva y tratando de desasirse de los que lo sujetaban.

—Sí; dejadlos solos—dijo uno de los jugadores.

—Al que me agarre lo mato—exclamó el Valencia, y apareció armado con un cuchillo largo de cachas negras.

—Eso es—dijo Leandro con sorna—, que se vean los hombres.

—¡Ole!—gritó el Pastiri, entusiasmado con su voz ronca.

Leandro sacó del bolsillo interior de la americana una navaja larga y estrecha; todo el mundo se acercó a las paredes para dejar sitio a los contendientes. La Paloma se desgañitaba gritando:

—¡Que te pierdes! ¡Que te pierdes!

—Llevad a esa mujer—gritó el Valencia con voz trágica—. ¡Ea!—añadió, haciendo un molinete con su navaja—. Ahora veremos los hombres de riñones.

Avanzaron los dos rivales hasta el centro de la taberna, lanzándose furiosas miradas. El interés y el espanto sobrecogió a los espectadores.