El primero que atacó fué el Valencia, se inclinó hacia adelante, como si quisiera saber dónde le hería al contrario, se agachó, apuntó a la ingle y se lanzó sobre Leandro; pero viendo que éste le esperaba sin retroceder, tranquilo, dió un rápido salto hacia atrás. Luego volvió a los mismos ataques en falso, intentando sorprender al adversario con sus fintas, amagando al vientre y tratando de herirle en la cara; pero ante el brazo inmóvil de Leandro, que parecía querer ahorrar movimiento hasta tener el golpe seguro, el matón se desconcertó y retrocedió. Entonces avanzó Leandro. Se adelantaba el mozo con una sangre fría que daba miedo; se veía en su cara la resolución de clavar al Valencia. En la taberna reinaba un silencio angustioso, y sólo se oía el hipo de la Paloma en el cuarto de al lado.
El Valencia palideció de tal modo al comprender la decisión de Leandro, que su cara quedó azulada, los ojos se le dilataron y le castañetearon los dientes. Al primer envite retrocedió, pero quedó en guardia; luego el miedo pudo más que él y huyó, sin pensar ya en atacar, derribando los bancos, y Leandro, ciego, con una sonrisa de crueldad en los labios, le persiguió implacablemente.
El espectáculo era triste y penoso; todos los partidarios del matón comenzaban a mirarle con sorna.
—Menúo canguelo ties, gachó—gritó el Pastiri—. Pareces un saltamontes. ¡Anda ahí, barbián! ¡Que te la diñan! Si no te retiras pronto te meten un palmo jierro en el cuerpo.
Una de los golpes de Leandro rasgó la chaqueta del matón.
Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del mostrador; los ojos desencajados reflejaban un terror espantoso.
Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna, y tirando del muelle de su navaja la cerró. Un murmullo de admiración salió de los espectadores.
El Valencia lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante. Esta debió de entenderle, porque le dió una llave y el Valencia se escabulló. Pero de pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y blandiendo su largo cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando clavado en la pared.