Leandro se levantó al momento, pero el Valencia había desaparecido. Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con calma, la cerró y se la entregó a la tabernera.
—Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas—la dijo con petulancia—, no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea.
La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle.
—El Valencia empezaba a molestar demasiado—dijo uno—. Daba el pego todas las noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba molestando.
—Claro—repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de Ceuta, que tenía un aire de zorro—. Porque un hombre, cuando tie lado izquierdo, echa los negros a la manta—e hizo ademán de coger con los dedos las monedas de encima de la mesa—y se naja.
Pero si ese Valencia es un blanco—dijo el Pastiri con su voz estropajosa—. Un boceras, que no tie media bofetá.
—Pues él se había empalmao en seguida. ¡Por si acaso!—repuso el Besuguito con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar con una navaja.
—¿Y qué? ¿Y qué?—repuso el Pastiri—. Yo te digo que es un pipi y que no pue con la jinda que tiene.
—Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote...—añadió el cordonero.