Y menúo abucheo que le vamos a dar a ese gachó—dijo el presidiario cumplido—, si viene aquí a cobrar el barato.
—¡La pértiga!—exclamó el Pastiri.
—Bueno, señores; ahora yo convido—dijo Leandro—, porque tengo dinero, y porque sí—y sacó unas monedas del bolsillo y dió con ellas en la mesa—. Tabernera, unas tintas.
—Ya van.
—¡Manuel! ¡Manuel!—gritó después Leandro varias veces—. Pero, ¿dónde está ese chaval?...
Manuel, siguiendo el camino del matón, se había escapado por la puerta de la trastienda.
CAPÍTULO IX
Una historia inverosímil.—Las hermanas de Manuel.—Lo incomprensible de la vida.
Era ya a principios de otoño; Leandro, por consejo del señor Ignacio, vivía con su abuela en la calle del Aguila; la Milagros seguía en relaciones con el Lechuguino. Manuel abandonaba a Vidal y al Bizco en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo y los dos Aristas.