Don Alonso se puso serio y examinó detenidamente los trabajos del muchacho para darse cuenta de sus facultades, y le dió algunos útiles consejos.
Era verdaderamente curioso ver al viejo titiritero dando órdenes; lo hacía con una seriedad augusta.
—Una, dos, tres... O pla... De nuevo. En posición. Las rodillas cerca de la cabeza..., uñas para abajo..., una, dos..., una, dos... O pla.
Don Alonso no quedó descontento del Aristas, pero afirmó la necesidad ineludible del trabajo constante.
—Quien algo quiere, algo le cuesta, chiquillo—dijo—, y el ser gimnasta no está a la altura de cualquiera.
A la madre, confidencialmente, le aseguró que su hijo podría ser un buen artista de circo.
Después don Alonso, viéndose ante un público numeroso, comenzó a hablar con volubilidad de los Estados Unidos, de Méjico y de las Repúblicas sudamericanas.
—¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto?—le preguntó Perico Rebolledo.
—No, ahora no; tengo que salir con la torre Infiel.
—¡Ah!... Cuente usted—dijeron todos.