El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed; cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa, leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, Las ilusiones perdidas, de Balzac, y el otro, una colección de poesías alemanas.
Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él, le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela favorita, y le preguntaba cómo se conduciría él en casos semejantes. Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares.
En algunas épocas de diez y doce días el alemán necesitaba excitantes más fuertes que el vino y la lectura, y solía emborracharse con aguardiente, y bebía media botella como si fuera agua.
Según le contaba a Manuel, sentía una avalancha de tristeza y todo lo veía negro y desagradable; se encontraba febril, y el único remedio para su tristeza era el alcohol.
Cuando entraba en la taberna llevaba el corazón oprimido y la cabeza pesada y llena de ideas feas, y a medida que iba bebiendo sentía que el corazón se le ensanchaba y respiraba mejor, y los pensamientos alegres se le metían en la cabeza. Luego, al salir de la taberna, por más esfuerzos que hacía, le era imposible conservar la seriedad, y la risa le retozaba en los labios. Entonces llegaban a su memoria canciones de su tierra, y las cantaba, llevando el compás al andar. Mientras iba por las calles céntricas caminaba derecho; pero cuando llegaba a las callejuelas apartadas, a las avenidas desiertas, se abandonaba al placer de trompicar y de ir haciendo eses, dando un encontronazo aquí y un tropezón allá. En aquellas horas todo le parecía al alemán grande, hermoso, soberbio; el sentimentalismo de su raza se desbordaba en él y comenzaba a recitar versos y a llorar, y a cualquier conocido que encontraba en la calle le pedía perdón por su falta imaginaria y le preguntaba si le seguía estimándole y concediéndole su amistad.
Por muy borracho que se encontrara, nunca se le olvidaba la obligación, y a la hora de cocer se marchaba vacilando a la tahona; e inmediatamente que se ponía a la boca del horno se le pasaba la borrachera y trabajaba como si tal cosa, riéndose él solo de sus extravagancias.
Tenía el alemán una fuerza orgánica maravillosa, una resistencia inaudita; Manuel necesitaba dormir todo el tiempo que estaba libre, y aun así no conseguía levantarse de la cama descansado. Durante dos meses que pasó Manuel en la tahona, vivió como un autómata. El trabajo en el horno le había cambiado de tal modo las horas de sueño, que los días le parecían noches, y al revés.
Un día, Manuel cayó enfermo, y toda la fuerza que le sostenía le abandonó de repente; dejó el trabajo, cobró la quincena y, sin saber cómo, casi arrastrándose, fué hasta la casa de huéspedes.
La Petra, al verle en aquel estado, le hizo acostarse, y Manuel pasó cerca de dos semanas con una calentura muy alta, delirando. Al levantarse había crecido, estaba demacrado y sentía una gran laxitud y desmadejamiento en todo el cuerpo y una sensibilidad tal, que una palabra más fuerte que otra le daba ganas de llorar.
Cuando salió a la calle, por consejo de la Petra, compró un broche de dublé y se lo regaló a doña Casiana, y ésta lo agradeció tanto que le dijo a su criada que el muchacho podía quedarse en la casa hasta su completo restablecimiento.