Aquellos días fueron de los más agradables de la vida de Manuel; lo único que le molestaba era el hambre.
Hacía un tiempo soberbio, y Manuel marchaba por las mañanas a pasear al Retiro. El periodista, a quien llamaban el Superhombre, utilizaba a Manuel para que le copiara cuartillas, y, como compensación, sin duda, le prestaba novelas de Paúl de Kock y de Pigaul-Lebrún, algunas de un verde muy subido, como Monjas y corsarios y Gustavo el calavera.
Las teorías amorosas de los dos escritores convencieron a Manuel de tal manera, que quiso ponerlas en práctica con la sobrina de la patrona. En dos años la muchacha se había desarrollado tanto, que estaba hecha una mujer.
Una noche, a primera hora, poco después de cenar, por influencia de la estación primaveral o por seguir las teorías del autor de Monjas y corsarios, el caso fué que Manuel convenció a la chica de la patrona de la utilidad de una explicación a solas, y una vecina los vió a los dos que marchaban juntos, escaleras arriba, y entraban en el desván.
Cuando iban a encerrarse, la vecina les sorprendió y los llevó contritos a presencia de doña Casiana. La paliza que la patrona propinó a su sobrina le quitó a la muchacha las ganas de nuevas aventuras, y a la tía fuerzas para administrar otra a Manuel.
—Tú te vas a la calle—le dijo, agarrándole del brazo e hincándole las uñas—, y que no te vuelva a ver más aquí, porque te desuello.
Manuel, avergonzado y confuso, no deseaba en aquel momento mas que escapar, y se marchó a la calle en cuanto pudo, como un perro azotado. Estaba la noche fresca, agradable. Como no tenía un céntimo, se aburrió pronto de pasear; llamó en la tahona, preguntó por Karl el hornero, le abrieron y se tendió en una de las camas. Al amanecer se despertó a la voz de uno de los panaderos, que gritaba:
—¡Eh, tú, golfo, ahueca!
Se levantó Manuel, y salió a la calle. Paseando, se acercó al Viaducto, a su sitio favorito, a mirar el paisaje y la calle de Segovia.