Después de aquella ceremonia matinal, y muchas veces durante la misma, se iniciaban murmuraciones, disputas, chismes y líos, que servían de comidilla para las horas restantes.

Al día siguiente de la riña entre la patrona y la Irene, cuando ésta volvió a su cuarto, luego de realizada su misión, hubo conciliábulo secreto entre las que quedaron.

—¿No saben ustedes? ¿No han oído nada esta noche?—dijo la vizcaína.

—No—contestaron la patrona y la Baronesa—. ¿Qué ocurre?

—La Irene ha metido esta noche un hombre en casa.

—¿Sí?

—Yo misma he oído cómo hablaba con él.

—¡Y habrá abierto la puerta de la calle! ¡Qué perro!—murmuró la patrona.

—No; el hombre era de la vecindad.