—Alguno de los estudiantes de arriba—dijo la Baronesa.

—Ya le diré yo cuatro cosas a ese pingo—replicó doña Casiana.

—No; espere usted—contestó la vizcaína—. Vamos a darle un susto a ella y al galán. Cuando estén hablando, si él viene esta noche, le avisamos al sereno para que llame a la puerta de casa, y al mismo tiempo salimos de nuestros cuartos con luz, como si fuéramos al comedor, y los cogemos.

Mientras se tramaba el complot en el pasillo, la Petra preparaba el almuerzo en las obscuridades de la cocina. No tenía gran cosa que preparar, pues el almuerzo se componía invariablemente de un huevo frito, que nunca, por casualidad, fué grande, y un beefsteak, que desde los más remotos tiempos no se recordaba que una vez, por excepción, hubiese sido blando.

Al mediodía, la vizcaína, con mucho misterio, contó a la Petra el complot; pero la criada no estaba aquel día para bromas: acababa de recibir una carta que la llenó de preocupaciones. Su cuñado le escribía que a Manuel, el mayor de los hijos de la Petra, lo enviaban a Madrid; no le daba explicaciones claras del porqué de aquella determinación; decía únicamente la carta que allí, en el pueblo, el chico perdía el tiempo, y que lo mejor era que fuese a Madrid a aprender un oficio.

A la Petra, aquella carta la hizo cavilar mucho. Después de fregar los platos se puso a lavar en la artesa; no le abandonaba la idea fija de que, cuando su cuñado le enviaba a Manuel, habría hecho alguna barbaridad el muchacho. Pronto lo podía saber, porque a la noche llegaba.

La Petra tenía cuatro hijos, dos varones y dos hembras; las dos muchachas estaban bien colocadas: la mayor, de doncella, con unas señoras muy ricas y religiosas; la pequeña, en casa de un empleado.

Los chicos le preocupaban más; el menor no tanto, porque, según le decían, seguía siendo de buena índole; pero el mayor era revoltoso y díscolo.

—No se parece a mí—pensaba la Petra—. En cambio, tiene bastante semejanza con mi marido.

Y esto le producía inquietudes; su marido, Manuel Alcázar, había sido un hombre enérgico y fuerte, y en la última época de su vida, malhumorado y brutal.