Su radio de acción era una zona comprendida desde el extremo de la Casa de Campo, en donde se encuentran el ventorro de Agapito y las ventas de Alcorcón, hasta los Carabancheles; desde aquí, las orillas del arroyo Abroñigal, La Elipa; el Este, las Ventas y la Concepción hasta la Prosperidad; luego, Tetuán hasta la Puerta de Hierro. Dormían, en verano, en corrales y cobertizos de las afueras.

Los del centro, mejor vestidos, más aristócratas, tenían ya su golfa, a la que fiscalizaban las ganancias y que se cuidaban de ellos; pero la golfería del centro era ya distinta, de otra clase, con otros matices.

A veces el Bizco y Vidal habían pasado malas épocas, comiendo gatos y ratas, guareciéndose en las cuevas del cerrillo de San Blas, de Madrid Moderno y del cementerio del Este; pero ya tenían los dos su apaño.

—¿Y de trabajar? ¿Nada?—preguntó Manuel.

—¡Trabajar!... pa el gato—contestó Vidal.

Ellos no trabajaban, tartamudeó el Bizco; con su chaira en la mano, ¿quien le tosía a el?

En el cerebro de aquella bestia fiera no habían entrado, ni aun vagamente, ideas de derechos y de deberes. Ni deberes, ni leyes, ni nada; para él la fuerza era la razón; el mundo un bosque de caza. Sólo los miserables podían obedecer la ley del trabajo; así decía él: El trabajo pa los primos; el miedo pa los blancos.

Mientras hablaban los tres, pasaron por la carretera un hombre y una mujer con un niño en brazos. Tenían un aspecto entristecido, de gente perseguida y famélica, la mirada tímida y huraña.

—Esos son los que trabajan—exclamó Vidal—. Así están ellos.