—Que se hagan la santísima—murmuró el Bizco.
—¿Adónde irán?—preguntó Manuel, contemplándolos con pena.
—A los tejares—contestó Vidal—. A vender azafrán, como dicen por ahí.
—¿Y por qué dicen eso?
—Como el azafrán es tan caro...
Se detuvieron los tres y se tendieron en el suelo. Estuvieron más de una hora hablando de mujeres y de medios de sacar dinero.
—¿No tenéis perras?—preguntó Vidal a Manuel y al Bizco.
—Dos reales—contestó éste.
—¡Anda, convida! Vamos a tomar una botella.
Accedió el Bizco refunfuñando, se levantaron y se fueron acercando a Madrid. Una fila de burros blanquecinos pasó por delante de ellos; un gitano joven y moreno, con una larga vara debajo del brazo, montado en las ancas del último borrico de la fila, gritaba a cada paso: ¡Coroné!, ¡coroné!