—Eso es—tartamudeó el Bizco.

—Bueno; ya veré—dijo Manuel de mala gana.

—¿Qué ya veré ni qué hostia? Ya está formada la cuadrilla. Se llamará la cuadrilla de los Tres.

—Muy bien—gritó el Bizco.

—¿Y nos ayudaremos unos a otros?—preguntó Manuel.

—Claro que sí—contestó su primo—. Y si hay alguno que hace traición...

—Si hay alguno que haga traición—interrumpió el Bizco—, se le cortan los riñones—. Y para dar fuerza a su afirmación, sacó el puñal y lo clavó con energía en la mesa.

Al anochecer volvieron los tres por la carretera hasta el puente de Toledo, y se separaron allí, citándose para el día siguiente.

Manuel pensaba en lo que le podía comprometer la promesa hecha de entrar a formar parte de la Sociedad de los Tres. La vida del Bizco y de Vidal le daba miedo. Tenía que resolverse a dar a su existencia un nuevo giro; pero ¿cuál? Eso es lo que no sabía.