Durante algún tiempo, Manuel no se atrevió a aparecer en casa de la patrona; veía a su madre en la calle, y dormía en la cuadra de la casa en donde servía una de sus hermanas. Luego se dió el caso de que a la sobrina de la patrona la encontraron en la alcoba de un estudiante de la vecindad, y esto le rehabilitó un tanto a Manuel en la casa de huéspedes.
CAPÍTULO II
Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid.—El «Expósito».—El «Cojo» y su cueva.—La noche en el Observatorio.
Un día Manuel se vió bastante sorprendido al saber que su madre no se levantaba y que estaba enferma. Hacía tiempo que echaba sangre por la boca; pero no le daba importancia a esto.
Manuel se presentó en la casa humildemente, y la patrona, en vez de recriminarle, le hizo pasar a ver a su madre. No se quejaba ésta mas que de un magullamiento grande en todo el cuerpo y de dolor en la espalda.
Pasó así días y días, unas veces mejor, otras peor, hasta que empezó a tener mucha fiebre y hubo que llamar al médico. La patrona dijo que habría que llevar a la enferma al hospital; pero como tenía buen corazón, no se determinó a hacerlo.
Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces. Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los alimentos que recomendaba el médico.
El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde había estado hablando animadamente con su hijo: pero esta animación fué desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal.
Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías prusianas.
A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra le dijo a Manuel: