—Llámale a don Jacinto y dile que estoy peor.
Manuel entró en el comedor. En la atmósfera, espesa por el humo del tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno dijo:
—Callad un poco, que hay un enfermo.
Manuel dió el recado al cura.
—Tu madre no tiene mas que aprensión. Luego iré—repuso don Jacinto.
Manuel volvió al cuarto.
—¿No viene?—preguntó la enferma.
—Ahora vendrá; dice que no tiene usted mas que aprensión.
—¡Sí; buena aprensión!—murmuró ella tristemente—. Estate aquí.
Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía.