Iba a dormirse cuando le llamó su madre.

—Mira—le dijo—, trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en la sala.

Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba.

—Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo.

Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor.

De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vió que su cara, más pálida, tenía extrañas contracciones.

—¿Que le pasa a usted?

La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y le dijo al muchacho:

—Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción.