—¿Por qué?

—Porque no.

—¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia.

—No puede ser.

—¿Es que están la Rubia y la Chata ahí?

—A vosotros ¿qué os importa?

—¿Vamos a darles un susto a esos paletos?—propuso uno de los golfos, que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas.

—Ven y verás—masculló el Cojo, agarrando una piedra.

—Vamos al Observatorio—dijo otro—. Allá no nos mojaremos.