Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después empezó a llover.
—¿Vamos a la cueva del Cojo?—dijo uno de los muchachos.
—Vamos.
Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre las violáceas nubes obscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles.
Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos hombres.
Son la Rubia y la Chata, que van con dos paletos—dijo uno.
—Van a la cueva—añadió otro.
Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre, a quien le faltaba una pierna, fumaba en una pipa.
—Vamos a entrar—advirtió uno de los golfos al Cojo.
—No se puede—replicó él.