—Este señor ha venido del Archipipi—interrumpió el Expósito.
El señor trató de coger a uno de los chicos. Manuel y el Expósito se alejaban corriendo, le daban un quiebro al del ranglán y se plantaban frente a él.
Sinvergüenses—gritaba el señor—os voy a dart una guantade, que entonses si que os van a dolert de verdat.
—Si ya nos duelen—le replicaban ellos.
El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con el pañuelo, fué en busca de un guardia municipal.
—¡Golfolaire! ¡Frachute! ¡Méndigo!—le gritó el Expósito.
Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho.
Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allá el ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha.
Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo.
Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes obscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto él, pero entre ellos no estaba el Expósito.