Llegaron los dos por la ronda de Atocha frente a la estación del Mediodía.
—¿Tú conoces la hora?—preguntó el Expósito.
—Sí, son las once.
—Entonces aun es temprano para ir al cuartel.
Frente a la estación, una señora, subida en un coche rojo, peroraba y ofrecía un ungüento para las heridas y un específico para quitar el dolor de muelas.
El Expósito, mordiendo el pedazo de pan, interrumpió el discurso de la señora del coche, gritando irónicamente:
—¡Deme usted una tajada para que se me quite el dolor de muelas!
—Y a mí otra—dijo Manuel.
—El marido de la señora del coche, un viejo con un ranglán muy largo, que, en el grupo de los oyentes, escuchaba con el mayor respeto lo que decía su costilla, se indignó y, hablando medio en castellano, dijo:
—Ahora sí que os van a dolert de veres.