—¡Psch...!, lo que se tercia: cojo colillas, vendo arena, y cuando no gano nada voy al cuartel de María Cristina.

—¿A qué?

—Toma, por rancho.

—¿Y dónde está ese cuartel?

—Cerca de la estación de Atocha. ¿Qué? ¿También quieres ir tú allí?

—Sí; también.

—Pues vamos, no se vaya a pasar la hora del cocido.

Se levantaron los dos y echaron a andar por las rondas. El Expósito entró en las tiendas del camino a pedir, y le dieron dos pedazos de pan y una perra chica.

—¿Quieres, ninchi?—dijo ofreciendo uno de los pedazos a Manuel.

—Venga.