—No, hombre, eso es una barbaridad—dijo el Canco—. El hombre alquila su cueva a la Rubia y a la Chata, que andan por ahí y tienen su parroquia en el cuartel, y no puede menos de respetar sus contratos.

—Pues hay que amolarle—repuso el Mariané—. Ya veréis. El muchacho entró a gatas en la cueva y salió poco después con la pierna de palo del Cojo en una mano y en la otra un puchero.

¡Cojo! ¡Cojo!—gritó.

A los gritos se presentó el lisiado en la boca de la cueva, apoyándose en las manos, andando a rastras, vociferando y blasfemando con furia.

¡Cojo! ¡Cojo!—le volvió a gritar el Mariané como quien azuza a un perro—. ¡Que se te va la pierna! ¡Que se te escapa el piri!—y cogiendo la pata de palo y el puchero los tiró por el desmonte abajo.

Echaron todos a correr hacia la ronda de Vallecas. Por encima de los altos y hondonadas del barrio del Pacífico, el disco rojo enorme del sol brotaba de la tierra y ascendía lento y majestuoso por detrás de unas casuchas negras.

CAPÍTULO III

Encuentro con Roberto.—Roberto cuenta el origen de una fortuna fantástica.

Tuvo Manuel que volver a la tahona a pedir trabajo, y allí, gracias a que Karl le habló al amo, pasó el muchacho algún tiempo substituyendo a un repartidor.

Manuel comprendía que aquello no era definitivo, ni llevaba a ninguna parte; pero no sabía qué hacer, ni qué camino seguir.