Cuando se quedó sin jornal, mientras no le faltó para comer, en un figón fué viviendo; llegó un día en que se quedó sin un céntimo y recurrió al cuartel de María Cristina.

Dos o tres días aguardaba entre la fila de mendigos a que sacasen el rancho, cuando vió a Roberto que entraba en el cuartel. Por no perder la vez no se acercó, pero, después de comer, le esperó hasta que le vió salir.

—¡Don Roberto!—gritó Manuel.

El estudiante se puso muy pálido; luego se tranquilizó al ver a Manuel.

—¿Qué haces aquí?—dijo.

—Pues, ya ve usted, aquí vengo a comer; no encuentro trabajo.

—¡Ah! ¿Vienes a comer aquí?

—Sí, señor.

—Pues yo vengo a lo mismo—murmuró Roberto, riéndose.