—¿Usted?

—Sí; el destino que tenía me lo quitaron.

—¿Y qué hace usted ahora?

—Estoy en un periódico trabajando y esperando a que haya una plaza vacante. En el cuartel me he hecho amigo de un escultor que viene a comer también aquí y vivimos los dos en una guardilla. Yo me río de estas cosas, porque tengo el convencimiento de que he de ser rico, y, cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros.

—Ya empieza a desbarrar—pensó Manuel.

—¿Es que tú no estás convencido de que yo voy a ser rico?

—Sí; ¡ya lo creo!

—¿Adónde vas?—preguntó Roberto.

—A ninguna parte.

—Pasearemos.