—¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna isla?—dijo Manuel.
—Me parece que eres de los que no tienen fe—contestó Roberto—. Antes de que cantara el gallo me negarías tres veces.
—No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le serviría con mucho gusto.
—Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado.
—No, no, señor.
—¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una filfa.
—Yo no sé.
—Pues, no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un encuadernador, y la conversación que tuve con él?
—Sí, señor; me acuerdo.