—Sin el cambio, unos cien millones de reales; con el cambio, ciento treinta.

Manuel se echó a reír.

—¿Para usted solo?

—Para mí y para mis hermanas. Figúrate tú, cuando yo coja esa cantidad, lo que van a ser para mí estos cochecitos y estas cosas. Nada.

—Y ahora, mientras tanto, no tiene usted una perra.

—Así es la vida, hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré después con el éxito. He construído una montaña entera; una niebla profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve.

Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza cuando ni uno ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de Roberto.

CAPÍTULO IV

Dolores la «Escandalosa».—Las engañifas del «Pastiri».—Dulce salvajismo.—Un modesto robo en despoblado.

Después de una semana pasada al sereno, un día Manuel se decidió a reunirse con Vidal y el Bizco y a lanzarse a la vida maleante.