Preguntó por sus amigos en los ventorros de la carretera de Andalucía, en la Llorosa, en las Injurias, y un compinche del Bizco, que se llamaba el Chungui, le dijo que el Bizco paraba en las Cambroneras, en casa de una mujer ladrona de fama, conocida por Dolores la Escandalosa.

Fué Manuel a las Cambroneras, preguntó por la Dolores y le indicaron una puerta en un patio habitado por gitanos.

Llamó Manuel, pero la Dolores no quiso abrir la puerta; luego, con las explicaciones que le dió el muchacho, le dejó entrar.

La casa de la Escandalosa consistía en un cuarto de unos tres metros en cuadro; en el fondo se veía una cama, donde dormía vestido el Bizco; a un lado, una especie de hornacina con su chimenea y un fogón pequeño. Además, ocupaban el cuarto una mesa, un baúl, un vasar blanco con platos y pucheros de barro y una palomilla de pino con un quinqué de petróleo encima.

La Dolores era una mujer de cincuenta años próximamente; vestía traje negro, un pañuelo rojo atado como una venda a la frente, y otro, de color obscuro, por encima.

Llamó Manuel al Bizco, y, cuando éste se despertó, le preguntó por Vidal.

—Ahora vendrá—dijo el Bizco; luego, dirigiéndose a la vieja, gritó—: Tráeme las botas, tú.

La Dolores no hizo pronto el mandado, y el Bizco, por alarde, para demostrar el dominio que tenía sobre ella, le dió una bofetada.

La mujer no chistó; Manuel miró al Bizco fríamente, con disgusto; el otro desvió la vista de un modo huraño.

—¿Quieres almorzar?—le preguntó el Bizco a Manuel cuando se hubo levantado.