—Si das algo bueno...
La Dolores sacó la sartén del fuego llena de pedazos de carne y de patatas.
—No os tratáis poco bien—murmuró Manuel, a quien el hambre hacía profundamente cínico.
—Nos dan fiado en la casquería—dijo la Dolores, para explicar la abundancia de carne.
—¡Si tú y yo no afanáramos por ahí—saltó el Bizco, dirigiéndose a la vieja—, lo que comiéramos nosotros!
La mujer sonrió modestamente. Acabaron con el almuerzo, y la Dolores sacó una botella de vino.
—Esta mujer—dijo el Bizco—, ahí donde la ves, no hay otra como ella. Enséñale lo que tenemos en el rincón.
—Ahora, no, hombre.
—¿Por qué no?