—¿Si viene alguno?

—Echo el cerrojo.

—Bueno.

Cerró la puerta el Bizco, la Dolores empujó la cama al centro del cuarto, se acercó a la pared, despegó un trozo de tela rebozado de cal, de una vara en cuadro, y apareció un boquete lleno de cintas, cordones, puntillas y otros objetos de pasamanería.

—¿Eh?—dijo el Bizco—; pues todo esto lo ha afanado ella.

—Aquí debéis tener mucho dinero.

—Sí; algo hay—contestó la Dolores—. Luego, dejó caer el trozo de tela que tapaba la excavación de la pared, lo sujetó y colocó delante la cama. El Bizco descorrió el cerrojo. Al poco rato llamaban en la puerta.

—Debe ser Vidal—dijo el Bizco, y añadió en voz baja, dirigiéndose a Manuel—: Oye, tú, a éste no le digas nada.

Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel, y los tres camaradas salieron a la calle.

—¿Vais a barbear por ahí?—preguntó la vieja.