—Te tendrás que echar en el suelo—dijo Vidal—. Esta cama es la de mi chica.
—Bueno.
—Toma esto para la cabeza—y le arrojó una falda de mujer arrebuñada.
Manuel apoyó allí la cabeza y quedó dormido. Se despertó a la madrugada. Se incorporó y se sentó en el suelo sin darse cuenta de dónde podía encontrarse. Entraba pálida claridad de un ventanuco. Vidal, tendido en el colchón, roncaba: a su lado dormía una muchacha, respirando con la boca abierta; grandes chafarrinones de pintura le surcaban las mejillas.
Manuel sentía el malestar de haber bebido demasiado el día anterior y un profundo abatimiento. Pensó seriamente en su vida:
—Yo no sirvo para esto—se dijo—; ni soy un salvaje como el Bizco, ni un desahogado como Vidal. ¿Y qué hacer?
Ideó mil cosas, la mayoría irrealizables; imaginó proyectos complicados. En el interior luchaban obscuramente la tendencia de su madre, de respeto a todo lo establecido, con su instinto antisocial de vagabundo, aumentado por su clase de vida.
—Vidal y el Bizco—se dijo—son más afortunados que yo; no tienen vacilaciones ni reparos; se han lanzado...
Pensó que al final podían encontrar el palo o el presidio; pero mientras tanto no sufrían; el uno por bestialidad, el otro por pereza, se abandonaban con tranquilidad a la corriente...