Era hora de almorzar, discutieron adónde irían, y Vidal dispuso que ya que se encontraban en la calle de Embajadores, la Sociedad de los Tres en pleno siguiera hacia abajo hasta el merendero de la Manigua.
Se tuvo en cuenta la indicación, y los socios pasaron toda la tarde del domingo hechos unos príncipes; Vidal estuvo espléndido, gastando el dinero del Pastiri, convidando a unas chicas y bailando a lo chulo.
A Manuel no le pareció tan mal el comienzo de la vida de golfería. De noche, los tres socios, un poco cargados de vino, subieron por la calle de Embajadores, tomando después por la vía de circunvalación.
—¿Adónde iré yo a dormir?—preguntó Manuel.
—Ven a mi casa—le contestó Vidal.
Al acercarse a Casa Blanca, se separó el Bizco.
—Gracias a Dios que se va ese tío—murmuró Vidal.
—¿Estás reñido con él?
—Es un tío bestia. Vive con la Escandalosa, que es una vieja zorra; es verdad que tiene lo menos sesenta años y gasta lo que roba con sus queridos; pero bueno, le alimenta y él debía considerarla; pues nada, anda siempre con ella a puntapiés y a puñetazos y la pincha con el puñal, y hasta una vez ha calentado un hierro y la ha querido quemar. Bueno que la quite el dinero; pero eso de quemarla, ¿para qué?
Llegaron a Casa Blanca, que era como una aldea pobre, de una calle sola; Vidal abrió con su llave una puerta, encendió un fósforo y subieron los dos a un cuarto estrecho con un colchón puesto sobre los ladrillos.