—¿Qué hay?—preguntaron a Vidal.
—Un condenado perro que se ha puesto a ladrar y va a llamar la atención de alguno.
—Tírale una piedra.
—¿De dónde?
—Asústale.
—Ladra más.
—Baja aquí, si no te van a ver.
—Vidal saltó al huerto. El perro, que debía ser un perro moral, defensor de la propiedad, siguió ladrando fuerte.
—Pero ¡leñe!—dijo Vidal a sus amigos—, ¿no habéis concluído?
—¡Si no hay nada!