Entraron los tres llenos de miedo, atortolados, cogieron una servilleta y metieron dentro lo que encontraron a mano, un reloj de cobre, un candelero de metal blanco, un timbre eléctrico roto, un barómetro de mercurio, un imán y un cañón de juguete.

Vidal se subió a la tapia con el lío.

—Ahí está—dijo asustado.

—¿Quién?

—El perro.

—Yo bajaré primero—murmuró Manuel—y se puso la navaja en los dientes y se dejó caer. El perro, en vez de acercarse, se alejó un poco; pero siguió ladrando.

Vidal no se atrevía a saltar la tapia con el lío en la mano y lo echó con cuidado sobre unas matas; en la caída no se rompió mas que el barómetro, lo demás estaba roto. Saltaron la tapia el Bizco y Vidal, y los tres socios echaron a correr a campo traviesa, perseguidos por el perro defensor de la propiedad, que ladraba tras de ellos.

—¡Qué brutos somos!—exclamó Vidal deteniéndose—. Si nos ve un guardia correr así nos coge.

—Y si pasamos por el fielato reconocerán lo que llevamos en el lío y nos detendrán—añadió Manuel.

La Sociedad se detuvo a deliberar y a tomar acuerdos. Se dejó el botín al pie de una tapia. Se tendieron en el suelo.