Los dos muchachos manifestaron condiciones casi en absoluto opuestas: el mayor, Manuel, gozaba de un carácter ligero, perezoso e indolente; no quería estudiar ni ir a la escuela; le encantaban las correrías por el campo, todo lo atrevido y peligroso; el rasgo característico de Juan, el hermano menor, era un sentimentalismo enfermizo que se desbordaba en lágrimas por la menor causa.
Manuel recordaba que el maestro de escuela y organista del pueblo, un vejete medio dómine que enseñaba latín a los dos hermanos, aseguraba que Juan llegaría a ser algo: a Manuel le consideraba como un holgazán aventurero y vagabundo que no podía acabar bien.
Mientras Manuel dormitaba en el coche de tercera se amontonaban en su imaginación mil recuerdos: los hechos sucedidos la víspera en casa de sus tíos se mezclaban en su cerebro con fugaces impresiones de Madrid, ya medio olvidadas, y las sensaciones de distintas épocas se intercalaban unas en otras en su memoria, sin razón ni lógica, y, entre ellas, en la turbamulta de imágenes lejanas y próximas que pasaban ante sus ojos, se destacaban fuertemente aquellas torres negras entrevistas de noche en Almazán a la luz de la luna...
Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaban en Madrid, Manuel sintió verdadera angustia; un crepúsculo rojo esclarecía el cielo, inyectado de sangre como la pupila de un monstruo; el tren iba aminorando su marcha; pasaba por delante de barriadas pobres y de casas sórdidas; en aquel momento brillaban las luces eléctricas pálidamente sobre los altos faros de señales...
Se deslizó el tren entre filas de vagones, retemblaron las placas giratorias con estrépito férreo y apareció la estación del Mediodía iluminada por arcos voltaicos.
Descendieron los viajeros; bajó Manuel con su fardelillo de ropa en la mano, miró a todas partes por si encontraba a su madre, y no la vió en toda la anchura del andén. Quedó perplejo; siguió luego a la gente que marchaba de prisa con líos y jaulas hacia una puerta; le pidieron el billete, se detuvo a registrarse los bolsillos, lo encontró y salió por entre dos filas de mozos que anunciaban nombres de hoteles.
—¡Manuel! ¿Adónde vas?
Allí estaba su madre. La Petra tenía intención de mostrarse severa; pero al ver a su hijo se olvidó de su severidad y le abrazó con efusión.
—Pero ¿qué ha pasado?—preguntó en seguida la Petra.
—Nada.