—Y entonces, ¿por qué vienes?

—Me han preguntado si quería estar allá o venir a Madrid, y yo he dicho que prefería venir a Madrid.

—¿Y nada más?

—Nada más—contestó Manuel con sencillez.

—Y Juan, ¿estudiaba?

—Sí; mucho más que yo. ¿Está lejos la casa, madre?

—Sí. Qué, ¿tienes apetito?

—Ya lo creo: no he comido en todo el camino.

Salieron de la estación al Prado; después subieron por la calle de Alcalá. Una gasa de polvo llenaba el aire; los faroles brillaban opacos en la atmósfera enturbiada.... Al llegar a la casa, la Petra dió de cenar a Manuel y le hizo la cama en el suelo, al lado de la suya. El muchacho se acostó, y era tan violento el contraste del silencio de la aldea con aquella algarabía de ruido de pasos, conversaciones y voces de la casa, que, a pesar del cansancio, Manuel no pudo dormir.